Tesla y sus editores (y III): Thomas Commerford Martin

1 Ago

Resulta imposible minimizar lo que supuso la irrupción de la electricidad en la segunda mitad del siglo XIX. Si hemos de buscar alguna comparación que nos pueda ser útil, tal vez tengamos que referirnos a lo que vivimos hoy en día con la rápida evolución de la informática y las redes sociales. Si vemos la expectación que despierta un Steve Jobs cada vez que comparece ante la prensa, incluso cuando no ofrece novedades significativas (una mínima actualización sobre un producto ya asistente), tendremos una pista.

Sí, la electricidad, y todos los que se dedicaban a ella, se convirtieron en pasto del interés popular. Bastaba añadir el adjetivo “eléctrico” a un sustantivo para dotarle de un contenido especial, algo parecido a lo que sucede ahora con términos como “virtual” o, en el colmo de la modernez, “cuántico”. Y así, no debe de extrañarnos que, en un entorno en el que se mezclaban los genios con los charlatanes, todos ellos con la figura reinante de Edison como la referencia última, el gran padre de la tecnología que traería la revolución al mundo, no faltaran los personajes que venían a ejercer en el mundo de la tecnología el mismo papel que los managers de los grupos de rock. Y si había uno que decidía quién ascendía y quién no, ése era Thomas Commerford Martin.

T.C. Martin (como era más conocido por todos) era un británico que había trabajado para Edison en los años en los que éste consiguió sus primeros éxitos con la electricidad. Suyas fueron algunas de las primeras publicaciones que dieron publicidad a los avances del Mago de Menlo Park, y pronto se dio cuenta de que lo suyo era el mundo editorial y el marketing. Martin tenía un olfato especial para descubrir los valores que aún permanecían desconocidos por el gran público, y que sabía que tenían potencial para terminar haciendo algo verdaderamente importante. Por eso, cuando conoció a un joven llamado Nikola Tesla, que recién empezaba a levantar cabeza tras su encontronazo con Edison, y tuvo conocimiento de sus revolucionarias ideas para la generación y transmisión de electricidad, orquestó una meticulosa campaña que atravesó diferentes fases hasta llegar a la apoteósica lectura ante la AIEE (Instituto Americano de Ingenieros Eléctricos, en sus siglas en inglés) del 15 de mayo de 1888, en la que los nombres más importantes de la investigación y la naciente industria eléctrica descubrieron a Tesla.

Las páginas de la publicación Electrical World, la revista de Martin, habían ido preparando el terreno, y la admiración de Martin por Tesla le llevó a costearse de su propio bolsillo la edición de The Inventions, Researches and Writings of Nikola Tesla, cuya primera edición apareció en 1893 y con el tiempo se convirtió en el refugio principal para evitar la desaparición total del nombre del inventor. Durante varios años la relación entre ambos fue muy estrecha, pero con el tiempo fueron surgiendo desavenencias, incluso de tipo económico, cuando Tesla pretendió conseguir de Martin una excesiva compensación por los derechos de los ejemplares vendidos de la obra.

Finalmente, con la caída en desgracia de Tesla también Martin acabó fijándose en los valores ascendentes, y no deja de ser simbólico que fuera él el encargado de presentar en sociedad, en el lujoso marco del hotel Waldorf Astoria, el mismo que había alojado a Tesla durante años en su tiempo de esplendor, a otro joven prometedor y que quedaría, injustamente para muchos, fijado en los libros de historia de la ciencia: Guglielmo Marconi. El 13 de enero de 1902 el italiano recibió un homenaje por su primera transmisión trasatlántica de una señal de radio, conseguida unas pocas semanas después. Tesla empezaba su imparable camino hacia el olvido, y uno de los pocos asideros que quedaron para recuperar lo que significó fue la obra editada por Martin, quien siguió siendo una figura públicamente reconocida hasta prácticamente su muerte, en 1924. Para entonces, una nueva concepción de la ciencia y la tecnología preparaba la irrupción de una era diferente, en la que el adjetivo “atómico” venía a sustituir la modernidad, hasta entonces, encarnada por el término “eléctrico”.

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