Nikola Tesla, el hombre, por Hugo Gernsback

28 Jul

La puerta se abre y uno se topa con una figura alta —de más de un metro ochenta de altura—, enjuta pero erguida. Se aproxima despacio, majestuosamente. Te das cuenta de que estás cara a cara con una personalidad de primer orden. Nikola Tesla avanza y te estrecha la mano con un apretón poderoso, sorprendente en un hombre de más de sesenta años. Una sonrisa encantadora, que emana de la luz penetrante de sus ojos de azul grisáceo, encajados en unas cuencas extraordinariamente profundas, te fascina y hace que te sientas en casa.

Te guían hasta una oficina impoluta. No se ve ni una mota de polvo. No hay papeles cubriendo el escritorio, todo está bien. Refleja al propio hombre: inmaculado en el atuendo, ordenado y preciso en cada uno de sus m0vimientos. Vestido con una levita oscura, está totalmente desprovisto de joyas. Ni anillo, ni alfiler, ni cadena de reloj.

Tesla habla con una voz muy aguda, casi de falsete. Habla rápidamente y con convicción. Principalmente, es la voz del hombre lo que te fascina.

Mientras habla, te resulta difícil apartar tus ojos de los suyos. Sólo cuando habla con otros tienes la oportunidad de estudiar su cabeza, dominada por una frente alta con un bulto entre los ojos, la señal indefectible de una inteligencia excepcional. Entonces, la nariz larga, bien formada, revela al científico.

¿Cómo se las apaña este hombre, que ha conseguido tamaña obra, para mantenerse joven y sorprender al mundo con más y más inventos nuevos a medida que envejece? ¿Cómo mantiene su físico, así como su extraordinaria frescura mental este joven de sesenta años, que es profesor de matemáticas, un gran ingeniero eléctrico y mecánico, y el mayor inventor de todos los tiempos?

Para empezar, Tesla, que es serbio de nacimiento, procede de una raza longeva. Su árbol familiar abunda en centenarios. Por ello, Tesla —de no ser por algún accidente— espera estar inventando todavía en 1960.

Pero la razón principal de su eterna juventud se encuentra en su frugalidad. Tesla ha aprendido la verdad fundamental que dice que multitud de personas no sólo se comen todas sus enfermedades corporales, sino que se devoran a sí mismas hasta la muerte, ya sea por comer demasiado o porque la comida no concuerda con ellas.

Cuando Tesladescubrió que el tabaco y el café negro interferían con su bienestar físico, los dejó. Éste es el sencillo menú diario del gran inventor:

Desayuno: una o dos pintas de leche templada y unos huevos, que él mismo prepara: ¡sí, está soltero!

Comida: nada en absoluto, como norma.

Cena: apio o similar, sopa, una sola pieza de carne o ave, patatas y otra pieza de verdura; un vaso de vino suave. De postre, quizá una loncha de queso e invariablemente una manzana cruda grande. Y eso es todo.

Tesla es muy maniático y particular por lo que respecta a su comida: come muy poco, pero lo que come debe ser de lo mejor. Y se sabe que además de ser un gran inventor en la ciencia es un cocinero consumado que ha inventado todo tipo de platos sabrosos.

Su único vicio es la generosidad. El hombre, que ha menudo ha sido calificado de “soñador haragán” ante el espectador ignorante, ha ganado con sus inventos más de un millón de dólares, que ha gastado rápidamente en otros nuevos. Pero Tesla es un idealista de primer nivel y para hombres así el dinero en sí mismo tiene poco significado. (Texto publicado en febrero de 1919 en la revista Electrical Experimenter como complemento a la primera entrega de “Mis inventos”, de Nikola Tesla, e incluído en el libro Yo y la energía. Traducción de Cristina Núñez Pereira)

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