Al final, la vida

10 Jun

Leo en el imprescindible blog de Alberto Rey de elmundo.es que acaba de cumplirse el décimo aniversario del comienzo de las emisiones de A dos metros bajo tierra. Yo no vi la serie en su momento, la redescubrí tiempo después en DVD, pero lamento no ser original: su visionado fue toda una experiencia. Y lo más curioso es que, en cierta forma, seguir las andanzas de los Fisher (creo que Boyero les definió en su momento como esa extraña familia a la que, a pesar de su disfuncionalidad, todos querríamos pertenecer) consiguió ir más allá del mero divertimento para darte claves, retazos, cosas que, para tu sorpresa, terminan de revelar todo su significado cuando la vida de trae malas noticias.

La muerte sobrevuela cada capítulo de la serie, y no sólo por los fallecimientos (de todos los tipos, de lo bello a lo grotesco, aunque según avanzan las temporadas parecen deslizarse cada vez más hacia lo irónico, hasta llegar al maravilloso e inolvidable capítulo final). Tampoco porque el eje de la narración pase por el negocio familiar, la funeraria Fisher and Sons (más tarde Fisher and Diaz), porque estamos más que acostumbrados a ver series en las que el escenario principal acaba siendo accesorio. No, no son esos los motivos principales por los que la muerte está presente, desde la desaparición de Nathaniel Fisher, el patriarca, en el episodio piloto, hasta la más pequeña de las acciones de sus personajes, de la madre Ruth Fisher a los hijos, Nate, David, Claire, y sus respectivas parejas.

A veces excesivas, pero sin expulsarte nunca de la corriente principal, la serie es en realidad, y a pesar de no esconder ningún detalle sobre lo que ocurre cuando alguien se va, sobre todo entre los que quedan atrás, un monumental canto a la vida. Quizá sea ése su secreto, su capacidad para tocar una fibra muy íntima y sensible que la hace estar a años luz de tantas otras creaciones. Nada de fáciles consuelos de “tranquilo, por mucho que sufras aquí, todo irá luego mejor”, o palmaditas en la espalda. No, más bien la llamada a amar, a disfrutar de la vida, a equivocarse incluso. Desde el cuervo del arranque, las lápidas y el profesional preparado del cadáver que puntuaba Thomas Newman en los créditos iniciales, eso es lo que nos dice a cada momento: que las lágrimas son tan vida como la risa o el sexo, y que sólo entretejiéndolas tendremos la sensación de haber vivido. No de ser felices, porque eso en realidad está desde el principio fuera de nuestro alcance. Pero sí de vivir. Con mayúsculas. De eso es de lo que va A dos metros bajo tierra.

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