Aquellos domingos de la infancia

6 Jun

Demos paso a las afirmaciones poco originales, porque estoy seguro de que la que sigue es de las que muchos de mi generación compartimos: si leemos, en gran parte (y dejando a un lado la abnegada labor de nuestros profesores y los cuadernos Rubio, claro) es por la editorial Bruguera. Así de simple. En mi caso particular, había una costumbre ineludible, pero que convertía a los domingos en uno de esos días especiales: al salir de misa, la rutina llevaba nuestros pasos a comprar elementos imprescindibles, pasteles, el ¡Hola! para mi madre y un Mortadelo para mí. De hecho, me recuerdo perfectamente escrutando los bocadillos sin entender muy bien qué ponían. Y me gusta pensar que fue esa necesidad de saber qué se ocultaba tras ellos lo que me impulsó a querer leer (si no es así, ¿qué más da? Suena tan bonito…)

Bruguera, la inolvidable editorial del gato negro (y que luego nos introdujo en literatura de mayor enjundia con sus deliciosas ediciones de la colección Libro Amigo, que tanto se oscurecían y olían a viejo al cabo de no demasiado tiempo) nos parecía la casa de las maravillas. Claro, no fue hasta mucho tiempo después, cuando la misma casa ha desaparecido, como las mismas revistas de historietas (“dignificadas” por la edición de las series completas en tapa dura) y tantas cosas de nuestra infancia (sólo el ¡Hola! permanece) cuando hemos ido conociendo que podía ser muchas cosas, pero que debajo de ellas no habitaba la maravilla precisamente. Aparte de la odisea de Francisco Ibáñez para recuperar a sus emblemáticos personajes, que como los del resto de los autores de la casa pertenecían a la editorial, hasta el punto de que podían literalmente quitárselos a sus creadores para dárselos a otros, o impedir que los siguieran dibujando para otras casas, han coincidido últimamente dos obras que retratan a la editorial por dentro.

Una es la película El gran Vázquez, donde Óscar Aibar, para completar el retrato del creador de las hermanas Gilda, Anacleto o la familia Cebolleta, nos presenta la redacción como un lugar triste, marcado por el gris de la posguerra, en una Barcelona donde el consumismo apenas acaba de empezar (esas ventas a plazos), y donde el pasado aún pesaba, hasta el punto de que, a pesar de la explotación, la editorial sí que cumplía al menos un papel, el de dar trabajo a firmas que, de otra manera, nunca habrían encontrado trabajo en otro lugar.

Pero es El invierno del dibujante, de Paco Roca, donde más se profundiza en esa época. Roca toma como punto de partida la tímida rebelión que en 1957 llevó a los por entonces cinco mayores dibujantes de Bruguera (Josep Escobar, el padre de Zipi y Zape o Carpanta; Cifré, del repórter Tribulete; Peñarroya, de Gordito Relleno; Conti, de Carioco; o Giner, dibujante de la serie El inspector Dan) a abandonar su revista señera Pulgarcito y montar Tío Vivo, gestionada directamente por los dibujantes, algo que, hasta ese momento, sólo se había probado en Estados Unidos. El experimento duró apenas un año, debido al boicot y la traición, y tuvieron que volver a la editorial original, aunque con el sueldo mejorado, con las mismas condiciones de casi esclavitud artística. Todo eso, y lo que lo rodea (la Barcelonadel momento, las complicada relación de la población con el franquismo y la sofocada oposición, las penurias para salir adelante o la falta de un verdadero horizonte vital en un entorno desmoralizador), lo narra con belleza y precisión Paco Roca. Y así, a la luz de lo que cuenta, esos domingos de mi infancia toman otra dimensión.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: